La navarra Marta Juániz interpreta esta dura obra de teatro.
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2023-07-26: FESTIVAL DE TEATRO
Miguel Goikoetxandia Azqueta (Pamplona, 1974) necesitó escribir una comedia —Don Kijote de Navarra— tras la obra Perséfone. “Son vidas tan terribles las que aparecen que necesitas una distancia luego con la obra”, reconoce. Goikoetxandia quería escribir sobre el abuso infantil desde hace tiempo, pero fue durante la confinamiento donde tomó la decisión. “Llegaron en una semana varias noticias continuadas hablando del abuso infantil. Decían que normalmente era cometido por hombres, la mayoría de ellos por parte del padre. Me imaginé lo que podía ser estar en tu casa con la persona que abusa de ti, en esas circunstancias”. Aquellos hechos le removieron por dentro y dieron como resultado Perséfone, estrenada a principios del año pasado. Esta noche, con motivo del Festival de Olite, la obra vuelve a bajar a ese infierno.

¿Le preocupaba tratar el abuso infantil y la violencia machista y de género en una obra de teatro?
Sí. He procurado hacerlo bien, así como ser respetuoso, no caer en el estereotipo y crear una obra de teatro de calidad. También me preocupaba la contratación, que pudiera ser menor por la respuesta del público, pero afortunadamente Perséfone está funcionado. Viene más gente de la que pensábamos. Se trata de un tema duro, pero era necesario hacer esta obra. Diría la que más de todas las que hemos llevado a cabo.

¿Por qué?
Trata de un tema del que no se suele hablar. El abuso infantil parece más peliagudo que otro tipo de violencia. Nos cuesta aceptar que alguien de nuestro entorno pueda abusar de una niña. Sabemos que hay casos de estos pero parecen aislados. Nosotros notamos al hacer las funciones que cuesta abrir esa puerta, pero al final el público agradece que se hable de esto.

¿Hay un componente de denuncia?
Pretendemos mostrar y, evidentemente, a través de eso denunciar. Sí que estamos notando a lo largo de las funciones que llegan testimonios que te emocionan más que lo que esperabas con la obra.

La sinopsis ya es una declaración de intenciones, Perséfone, “la que lleva la muerte”.
Es una madriguera de la que no puede escapar Silvia, la protagonista, que vive todo ese mito de Perséfone. Ella se encuentra encerrada, como tantas otras víctimas, en un entorno opresivo del que no puede escapar. Queríamos salirnos del estereotipo de una familia desestructurada. Silvia vive en un ambiente aparentemente opulento, que también parece decadente, pero queríamos contar que el abuso se da en cualquier lugar y circunstancia. La obra cuenta con ciertas dosis de espera para que el espectador vaya descubriendo a lo largo de la función qué es lo que pasa con esa vida extraña y oscura. La protagonista ha vivido en un entorno familiar muy duro y hostil desde que nació, aunque da pasos a lo largo de su vida. De hecho, ella durante la función busca encontrar esa libertad que no ha tenido.

Un poco igual a lo que sucede en el mito de Perséfone.
Claro. Queríamos unirlo con el mito. Creo que las personas en un entorno de violencia o abuso viven atrapados. En ese sentido, el mito de Perséfone encaja. Yo quería explicar de alguna forma que esto se sale de un hecho puntual y contemporáneo y mostrar que se ha dado siempre. Dentro de la cultura clásica, el mito de Perséfone es el caso por excelencia del rapto y el abuso hacia una persona. Hades la lleva al infierno, donde tiene que convivir con él mientras su madre se queda llorando y buscándola desesperadamente. Nuestra obra tiene muchos tintes de una tragedia, más que de un drama. Se trata de una historia que lleva a un final desesperado, duro y concluyente. Como compañía, hemos hecho muchas veces dramas, pero algo tan duro como esto nunca.

Además de dirigir, usted actúa como el padre de Silvia, el abusador. ¿Cómo es ponerse en la piel de alguien así?
Lo que he intentado no es establecer una empatía con el personaje porque eso es imposible, pero sí procurar mostrar esa doble cara y cercanía que puede tener con las personas. El ser visto como una persona socialmente aceptable y valorada. No hace falta una violencia física, sino más bien representar un ejercicio de manipulación, que forma parte de ese dominio tan terrible que hay de una persona mayor hacia una niña. ¿Eso es humanizarlo? No lo sé. Es buscar aristas a un comportamiento que es todo lo reprochable posible.

¿Cómo gestionan toda esta carga de emociones tan intensas?
Desde el punto de vista de los personajes, tratamos de conducirlos hacia el mejor término posible. Como actores, es complicado. Sí que se buscan momentos de respiro, pero para el actor supone una labor dura con un texto difícil. Ha sido un trabajo complicado.

¿En qué sentido?
En el de trabajar con las emociones. Involucrarte y a la vez que no te afecte personalmente. Son personajes con mucha carga y emocionalmente cuesta.

¿Existe lugar para la esperanza en la obra?
Hay lugar para el alivio, la esperanza y, sobre todo, un intento de mostrar la realidad. Los principales aliados de este tipo de violencia son el silencio, el miedo, el no querer llamar la atención, lo que provocan que se acallen este tipo de situaciones. En esta obra hay una llamada a visibilizar. Si vemos un caso que se pueda asemejar a las cosas que aparecen en la obra, es nuestra obligación denunciarlo.
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